Los mapas de Rafael

Rafael llegó a la isla cuando todavía era lo bastante joven como para creer que unos meses podían perderse sin dejar demasiada huella. El barco en el que viajaba se había partido durante una tormenta y unos pescadores lo encontraron al amanecer, agarrado a una tabla entre restos de madera, cabos y cajas abiertas por el mar. Pasó varios días con fiebre en una casa construida junto al faro y durante semanas despertó sobresaltado cada vez que el viento golpeaba las contraventanas, convencido de que volvía a escuchar el crujido del casco antes de romperse.

Tomás, el farero, le dio una cama mientras recuperaba las fuerzas. Era un hombre de pocas palabras y manos deformadas por la artritis que había aprendido a interpretar el tiempo observando el color del horizonte y la dirección de las aves. Rafael empezó ayudándolo por gratitud, primero cargando combustible, limpiando las lentes o bajando hasta el embarcadero por provisiones y, más adelante, ocupándose de la lámpara durante algunas noches.

La isla estaba apartada de las principales rutas, aunque algunas embarcaciones se acercaban para recoger agua, esperar un cambio de viento o realizar pequeñas reparaciones. Vista desde un barco podía parecer hermosa: una franja verde rodeada de mar, un puñado de casas blancas y el faro levantándose sobre la parte más alta de la costa. Vivir allí era distinto. Cuando llovía durante varios días, el interior de la torre olía a piedra mojada y aceite, las sábanas tardaban tanto en secarse que conservaban una humedad fría incluso después de haber pasado horas junto al fuego y, durante el invierno, podían transcurrir semanas enteras sin que atracara una sola embarcación.

En los días de temporal, Rafael desayunaba el mismo pan endurecido mojado en leche, comía pescado salado con patatas y descendía hasta una playa donde las algas podridas se acumulaban contra las rocas hasta llenar el aire de un olor dulzón que se adhería a la ropa. Aquella monotonía empezó siendo una forma de descanso después del naufragio, aunque con el tiempo se convirtió en algo más difícil de nombrar. Rafael seguía pensando que la isla era solamente una pausa antes de recuperar la vida que la tormenta había interrumpido.

La primera oportunidad de marcharse apareció antes de cumplirse un año. Un pesquero que se dirigía hacia una ciudad del norte necesitaba un par de manos durante la travesía y su capitán le ofreció llevarlo a cambio de trabajar a bordo. Rafael aceptó aquella misma mañana y pasó la tarde preparando una bolsa con dos camisas, algo de comida y las monedas que había conseguido ahorrar.

Cuando llegó la noche, comenzó a calcular cuánto dinero necesitaría al llegar, cuánto podría costarle una habitación, cuántos días sobreviviría si nadie lo contrataba y qué haría si enfermaba lejos de cualquier persona conocida. Tomás lo encontró sentado delante de la bolsa, con la mirada clavada en el suelo.

—Creía que te marchabas mañana.

—Eso pensaba.

—¿Y ahora?

Rafael se pasó una mano por el cabello.

—Quizá debería ahorrar un poco más. Llegar sin conocer a nadie y con cuatro monedas tampoco parece demasiado inteligente.

Tomás miró la bolsa y después a él.

—Puede ser.

Aquella respuesta irritó a Rafael más de lo que esperaba.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que te diga?

—No sé. Algo.

Tomás se encogió de hombros.

—La vida es tuya.

Rafael pasó buena parte de la noche despierto y al amanecer decidió quedarse. El pesquero abandonó la isla mientras él observaba desde el faro y, cuando apenas quedaba una mancha oscura sobre el horizonte, consiguió convencerse de que había tomado una decisión prudente. Durante un tiempo lo creyó de verdad.

Pasaron dos años y Tomás empezó a necesitar cada vez más ayuda. Las rodillas apenas le permitían subir la escalera de caracol y algunas mañanas tardaba varios minutos en conseguir cerrar las manos alrededor de una taza. Rafael fue asumiendo tareas hasta que la lámpara, las provisiones, las reparaciones y buena parte del mantenimiento quedaron prácticamente a su cargo.

Entonces llegó un mercante que transportaba aceite, herramientas y tejidos hacia varios puertos del continente. Uno de sus hombres había enfermado y el capitán necesitaba a alguien que supiera leer, llevar cuentas sencillas y estuviera dispuesto a aprender. Rafael reunía las tres condiciones y, durante unas horas, creyó que aquella era la oportunidad que llevaba años esperando.

Mientras cargaban las últimas cajas, una de ellas resbaló de las manos de un marinero joven y golpeó contra el borde del muelle. Apenas se había astillado una esquina, pero el capitán reaccionó como si acabaran de hundirle el barco. Cruzó la pasarela a grandes zancadas, apartó al muchacho de un empujón y le exigió que levantara la caja mientras le gritaba tan cerca de la cara que Rafael pudo ver cómo el joven apretaba la mandíbula para no responder. Cuando intentó explicar que la madera ya estaba húmeda y cedía por debajo, el capitán le dio un golpe seco en el pecho con el dorso de la mano y lo hizo retroceder contra unas barricas.

—A mí no me vengas con excusas, pedazo de inútil. Si no sabes sujetar una caja, quizá tampoco sepas cobrar a final de mes.

El muchacho se incorporó con la cara encendida, más de humillación que de dolor, y volvió a agacharse para recoger la mercancía. El capitán todavía no había terminado. Anunció delante de todos que descontaría el desperfecto de su paga y si volvía a romper algo, ya podía ir acostumbrándose a pasar hambre.Algunos marineros siguieron trabajando con la cabeza baja; ninguno pareció sorprendido.

Rafael contempló la escena con una rabia que le subió desde el estómago hasta la garganta. Durante unos segundos tuvo ganas de decir algo, aunque se quedó inmóvil, observando cómo el joven cargaba de nuevo la caja mientras el capitán se alejaba insultándolo entre dientes. Cuando aquel hombre se acercó más tarde para preguntarle si tenía preparada la maleta, Rafael todavía sentía la misma furia y respondió antes de darse tiempo para pensar.

—No voy.

El hombre lo miró sorprendido.

—Hace dos horas estabas decidido.

—He cambiado de opinión.

—Como quieras.

Rafael se sintió satisfecho mientras veía alejarse el mercante. Durante varios días contó que jamás habría soportado trabajar para un hombre así y llegó a mirar con cierto desprecio a los marineros que continuaban a bordo, como si aceptar aquellas condiciones de trabajo demostrara una falta de dignidad que él había sabido evitar. Mucho tiempo después empezó a sospechar que el capitán le había proporcionado algo que necesitaba con demasiada urgencia: una razón impecable para quedarse. Nunca consiguió decidir cuánto había habido de principios y cuánto de miedo en aquella negativa.

Tomás murió el invierno siguiente. Rafael encontró su cuerpo una mañana, sentado junto a la mesa con una manta sobre las piernas y una taza de café frío entre las manos. Después del entierro nadie preguntó quién se ocuparía del faro. Rafael ya llevaba años haciéndolo y simplemente continuó.

Al principio le molestaba escuchar que lo llamaban “el farero”. Sentía aquella palabra como una identidad que otros habían decidido colocarle encima, aunque con el tiempo dejó de corregirlos. Fue entonces cuando empezó a dibujar mapas.

Había aprendido a copiar cartas náuticas de los barcos que pasaban por la isla y comenzó a completar los espacios con información recogida de viajeros. Preguntaba por calles, plazas, edificios, caminos, ríos, mercados y puertos con una curiosidad que divertía a algunos visitantes. Un marinero le describió una ciudad levantada alrededor de un río ancho, con tres puentes de piedra y un mercado situado cerca del embarcadero; una mujer le habló de un valle cubierto de almendros y de una carretera estrecha que serpenteaba entre las montañas, mientras un comerciante describió un barrio portuario con casas azules, una iglesia sin campanario y un callejón tan estrecho que dos carros no podían cruzarse.

Rafael añadía cada detalle con una paciencia extraordinaria. Algunas noches corregía durante horas la inclinación de una calle que jamás había recorrido o desplazaba unos milímetros una plaza basándose en la explicación de alguien que llevaba años sin visitarla. Poco a poco, las paredes de la casa empezaron a cubrirse de lugares que conocía con una precisión que resultaba convincente incluso para él.

Los viajeros que llegaban por primera vez daban por hecho que Rafael había recorrido medio mundo y algunos habitantes de la isla comenzaron a consultarle sobre puertos y ciudades en los que nunca había estado. Rafael jamás afirmaba abiertamente haberlos visitado, aunque tampoco deshacía siempre el equívoco.

—¿Conoces bien esta ciudad? —le preguntaban.

—Bastante.

Aquella palabra le gustaba porque era cierta y falsa al mismo tiempo.

Con los años, Rafael descubrió que disfrutaba de aquella reputación más de lo que estaba dispuesto a admitir. Cuando alguien se sorprendía ante sus conocimientos, sentía por unos momentos que su vida no había transcurrido completamente dentro de los mismos pocos kilómetros de costa. Los mapas convertían décadas de espera en algo parecido a experiencia.

La ilusión empezó a resquebrajarse el día que un viejo marinero llamado Santiago entró en la casa. Había navegado durante más de cuarenta años y conocía muchos de los puertos representados en las paredes. Estuvo observando los dibujos en silencio hasta que se detuvo ante uno.

—Esto está mal.

Rafael se acercó.

—¿Qué cosa?

Santiago señaló una calle.

—Aquí no puede haber una calle. Hay una pared de roca que cae directamente al agua.

—Me dijeron que había casas.

—Las hay, pero están arriba.

Rafael volvió a mirar el mapa.

—Quizá haya cambiado.

El marinero soltó una carcajada.

—Para que eso cambie tendrían que cortar media montaña.

Santiago siguió examinando el dibujo y encontró otros errores: un muelle demasiado largo, una plaza desplazada varios cientos de metros y un arroyo que Rafael había hecho desembocar en el lugar equivocado. Antes de marcharse, señaló las paredes con una sonrisa.

—Bonitos mapas. Yo no intentaría llegar a ninguna parte con ellos.

Rafael esperó a que se cerrara la puerta y arrancó el dibujo. Lo dobló con tanta fuerza que el papel terminó marcado por varias líneas y estuvo a punto de arrojarlo al fuego, aunque finalmente lo guardó dentro de un cajón.

Durante semanas dejó de dibujar y empezó a sentir una hostilidad que le avergonzaba reconocer. Cuando veía embarcar a jóvenes que apenas sabían qué harían al llegar al continente, pensaba que eran irresponsables. Si regresaban contando trabajos perdidos, habitaciones miserables o viajes que habían salido mal, experimentaba una satisfacción secreta que inmediatamente intentaba justificar. Aquellas historias confirmaban que él había sido prudente.

Cuando alguno regresaba feliz, Rafael encontraba defectos en lo que contaba. Si había conseguido trabajo, seguramente sería agotador; si hablaba con entusiasmo de una ciudad, él recordaba el ruido, la suciedad o los precios que otros viajeros le habían descrito; si alguien se había enamorado, pensaba que ya tendría tiempo de descubrir que las relaciones también podían convertirse en una carga.

Aquella necesidad de rebajar la felicidad ajena empezó a disgustarle, aunque tardó mucho en reconocer de dónde procedía. Si todos los que se marchaban eran ingenuos, imprudentes o afortunados, él podía seguir creyendo que quedarse había sido siempre una elección razonable.

El tiempo fue haciendo el resto. La humedad empezó a comerse las juntas de piedra del faro y el zumbido constante de la lámpara se convirtió en un sonido tan habitual que Rafael únicamente reparaba en él cuando se detenía de manera inesperada. Durante los inviernos, la rodilla derecha comenzó a dolerle cuando descendía el barómetro y algunas mañanas necesitaba agarrarse al pasamanos para completar los últimos escalones.

La isla también se volvió más pequeña. Rafael conocía cada árbol, cada roca, cada curva del sendero y cada ventana que golpeaba cuando soplaba viento del oeste. Podía recorrer de noche el camino entre la casa y el embarcadero sin necesidad de luz. La familiaridad, que durante años le había dado seguridad, empezó a convertirse lentamente en una forma de encierro.

Una tarde, Santiago regresó después de varios años. Había envejecido mucho y caminaba con bastón. Entró en la casa, observó las paredes y señaló el espacio donde Rafael había colgado tiempo atrás el mapa que había terminado guardando en un cajón.

—¿Qué hiciste con el de San Telmo?

Rafael recordó inmediatamente la humillación.

—Lo guardé.

—Pues deberías volver a colgarlo.

—¿Para qué?

—Porque tenías razón con la calle.

Rafael creyó haber oído mal.

—Dijiste que era imposible.

—Lo era entonces. Volaron parte de la roca hace tres años y construyeron un paseo junto al agua.

Rafael no respondió.

—¿Dónde exactamente? —preguntó finalmente.

Santiago señaló la pared.

—Más o menos donde tú la habías puesto.

Aquella noche Rafael sacó el mapa del cajón. Lo extendió sobre la mesa y permaneció mucho tiempo observando la calle que había dibujado años antes. Intentó reconstruir la conversación con el viajero que le había hablado de San Telmo y repasó varias veces sus notas, buscando alguna frase que hubiera podido inducirlo a colocarla allí.

No encontró nada.

Se dijo que era una coincidencia y volvió a repetirlo cuando se acostó. Sin embargo, durante los días siguientes empezó a despertarse de madrugada pensando en aquel dibujo. Algunas veces bajaba de la cama, encendía una lámpara y volvía a examinarlo, como si esperara descubrir una marca que demostrara cuándo y por qué había trazado aquella línea.

Terminó dudando de su propia memoria. Quizá alguien sí le había hablado de una futura obra y él lo había olvidado. Quizá Santiago recordaba mal cómo había sido el mapa. Tal vez había desplazado la calle después de aquella primera conversación y su mente había borrado el cambio.

La explicación variaba de un día para otro, pero ninguna conseguía tranquilizarlo completamente.

Volvió a colgar el mapa.

Meses después, una mujer que visitaba la isla se quedó inmóvil frente al dibujo de un pueblo situado tierra adentro.

—¿Quién te habló de esta plaza?

Rafael se acercó.

—No recuerdo. Hace muchos años.

La mujer señaló una pequeña figura dibujada en el centro.

—Esta fuente.

—¿Qué ocurre con ella?

—La terminaron el año pasado.

Rafael sintió que el estómago se le cerraba.

—Este mapa tiene más de diez años.

La mujer sonrió.

—Pues tuviste suerte.

Rafael no compartió la sonrisa.

Aquella noche retiró el mapa de la pared y lo guardó junto al de San Telmo. Durante varios días apenas entró en la habitación donde estaban los demás. El problema dejó de ser decidir si aquellas coincidencias tenían una explicación lógica. Lo inquietaba descubrir que ya no confiaba del todo en sus propios recuerdos.

Empezó a comprobar fechas, comparar papeles y anotar cuándo había dibujado cada detalle. Algunas madrugadas despertaba convencido de que había soñado una calle que después encontraría sobre alguno de sus mapas, y tardaba varios minutos en decidir si aquello había ocurrido realmente o si su mente estaba jugando con él.

Los mapas, que durante años habían sido una forma de controlar el mundo desde la seguridad de la isla, comenzaron a producirle vértigo, así que Rafael dejó de enseñarlos a los visitantes.

Una noche de otoño llegó una tormenta desde el oeste. Rafael estaba en lo alto del faro cuando distinguió una luz irregular cerca de las rocas y descendió tan deprisa como le permitieron las rodillas. Con ayuda de dos pescadores recorrió la playa y encontró restos de una pequeña embarcación dispersos por la costa. Después de casi una hora de búsqueda hallaron a una mujer aferrada a un fragmento de madera.

Se llamaba Vero y tenía veinticuatro años. Viajaba con otras tres personas hacia una isla cercana cuando el motor había empezado a fallar y el temporal terminó arrastrando la embarcación contra las rocas. Durante los días siguientes recorrió la costa buscando cualquier señal de los otros pasajeros y preguntó a todos los barcos que pasaron cerca si habían encontrado supervivientes.

Dormía poco, comía todavía menos y hablaba únicamente cuando necesitaba hacerlo.

Una noche reparó en los mapas.

—¿Has estado en todos esos sitios?

Rafael estuvo a punto de responder como solía hacerlo, aunque finalmente negó con la cabeza.

—En ninguno.

Vero lo miró con sorpresa.

—Parecen bastante detallados.

—Eso creía.

Vero continuó recorriendo las paredes hasta detenerse frente al mapa de San Telmo.

—Este sitio sí lo conozco.

Rafael se acercó.

—¿Está muy mal?

—Algunas cosas.

Vero señaló la pequeña escalera que descendía hasta una cala.

—Esto no existe. Y mira que vendría bien, porque para bajar hasta ahí hay que dar una vuelta absurda.

Rafael observó el dibujo durante unos segundos.

—Puede que me la inventara.

—Pues alguien debería copiarte la idea.

Vero pasó al siguiente mapa sin darle mayor importancia, pero Rafael permaneció un momento mirando aquella escalera.

Cinco días después llegó un barco de carga y el capitán consiguió contactar por radio con un puerto del continente. Dos de los compañeros de Vero habían sido encontrados con vida y se encontraban allí, mientras que de la cuarta persona todavía no había noticias. El barco debía regresar al continente y el capitán le ofreció llevarla con ellos.

Rafael observó el casco mientras descargaban las provisiones. Había reparaciones visibles en uno de los costados y el motor producía un golpeteo irregular.

Cuando regresaron a la casa, Vero empezó a guardar sus cosas.

—Ese motor suena mal —dijo Rafael.

—Lo sé.

—Yo esperaría.

Vero cerró la bolsa.

—Yo no.

Rafael sintió que la irritación regresaba.

—Puede aparecer otro barco mañana.

—Puede.

—O dentro de dos días.

—También.

Ella se echó la bolsa al hombro.

Rafael tenía preparados más argumentos, aunque Vero ya caminaba hacia la puerta.

—¿Eso es todo?

Vero se volvió.

—Mis amigos están allí.

Nada más.

Rafael la acompañó hasta el embarcadero y, mientras la veía subir, sintió una mezcla incómoda de envidia y desprecio. Durante unos segundos pensó que Vero era demasiado joven para comprender el riesgo que estaba asumiendo. La idea le proporcionó una tranquilidad inmediata y esa misma tranquilidad terminó produciéndole vergüenza.

El barco se alejó y Rafael regresó solo a la casa. Aquella noche llovió durante horas, la humedad se filtró por una grieta del techo y una gota cayó sobre un cubo metálico con una regularidad insoportable. El zumbido de la lámpara atravesaba la pared y el olor de las algas acumuladas en la playa entraba cada vez que el viento cambiaba.

Por primera vez en muchos años sintió rabia contra la isla. La intensidad de aquel sentimiento lo sorprendió porque sabía cuánto le debía a aquel lugar. Allí había sobrevivido, había encontrado amigos, un trabajo y una vida que durante mucho tiempo le había dado seguridad. Sin embargo, mientras escuchaba el agua golpeando el cubo, comprendió hasta qué punto había necesitado convertir aquella seguridad en una justificación.

Durante las semanas siguientes empezó a descolgar los mapas. Los doblaba con cuidado, anotaba la fecha aproximada en que los había dibujado y los guardaba dentro de la vieja maleta. A medida que las paredes iban quedándose desnudas, la habitación recuperaba un aspecto que Rafael había olvidado por completo y, paradójicamente, empezaba a parecerle cada vez más pequeña.

Una madrugada, un temporal arrancó parte del revestimiento exterior de la torre y rompió una de las ventanas superiores. Rafael consiguió realizar una reparación provisional con ayuda de dos hombres del pueblo, aunque el mecanismo había sufrido daños y necesitaban piezas del continente.

La administración responsable del faro respondió varios días después. Enviarían un técnico con el siguiente barco y, si Rafael prefería no viajar, podía entregar al hombre una relación escrita de las reparaciones realizadas y firmar la documentación necesaria allí mismo.

Rafael leyó el mensaje dos veces y durante unos minutos sintió alivio, porque no necesitaba marcharse. Podía permanecer en la isla mientras el técnico hacía el viaje, entregar los papeles y continuar exactamente igual que hasta entonces. Sin embargo, al levantar la vista hacia las paredes vacías y ver la maleta cerrada junto a la mesa, recordó que dentro llevaba todos aquellos lugares que había pasado media vida imaginando.

Entonces comprendió que, si se quedaba aquella vez, ya no podría atribuir la decisión al miedo provocado por un naufragio, a la falta de dinero, a un capitán cruel, a un barco en mal estado ni a ninguna obligación con el faro. La posibilidad de quedarse seguía siendo cómoda, razonable y perfectamente defendible y, precisamente por eso, resultaba tan peligrosa.

Cuando llegó el técnico, Rafael ya tenía preparada la maleta. El hombre la vio junto a la puerta mientras dejaba sus herramientas sobre la mesa y levantó las cejas.

—Conque te vienes de vuelta con nosotros.

Rafael miró durante un instante las paredes desnudas.

—Sí.

—Pensé que preferirías quedarte hasta que termináramos las reparaciones.

—Yo también lo pensé.

El técnico no preguntó nada más.

El barco partió aquella misma tarde. Rafael pasó buena parte de la travesía mareado. La rodilla le dolía por la humedad, el motor hacía vibrar el camarote y apenas consiguió dormir. Había imaginado durante años el momento en que abandonaría la isla y descubrió que no se parecía en nada a una liberación.

Cuando llegaron al continente nadie lo esperaba. El puerto olía a combustible, pescado y basura mojada. Los vehículos descargaban mercancías entre gritos, bocinas y motores, y había tanta gente atravesando la explanada que Rafael tardó varios minutos en llegar hasta la calle principal.

Durante años había pensado en aquel momento como el comienzo de algo. Para el resto del mundo era simplemente un hombre mayor con una maleta gastada parado en medio de un puerto.

Alquiló una habitación barata cerca del muelle. La ventana daba a un callejón donde varias personas discutieron hasta pasada la medianoche y, cuando por fin consiguió dormirse, lo despertó un camión descargando cajas antes del amanecer. Entre aquel ruido, el olor del puerto y la sensación de no reconocer nada a su alrededor, echó de menos el faro con una intensidad que le pareció ridícula.

Durante los días siguientes descubrió que sus mapas servían de muy poco. Algunas calles habían cambiado de nombre, varios edificios habían desaparecido y un mercado antiguo se había convertido en oficinas. Intentó orientarse con uno de sus dibujos y terminó perdido a casi dos kilómetros del lugar al que pretendía llegar.

Aquella tarde caminó sin mapa. Se equivocó varias veces, preguntó direcciones y acabó en un barrio situado junto al agua. Estaba cansado y empezaba a arrepentirse de haber salido cuando algo le resultó familiar.

Frente a él descendía una escalera de piedra hacia una pequeña cala. Varias casas se levantaban sobre la roca y una buganvilla cubría parte de una pared blanca. Rafael dejó la maleta en el suelo y durante unos segundos no consiguió moverse; después la abrió con manos torpes y rebuscó entre los papeles hasta encontrar el mapa de San Telmo.

La escalera estaba dibujada exactamente allí, en el mismo lugar y con el mismo giro antes de llegar al agua. Rafael sintió que el ruido de la calle se alejaba mientras alternaba la mirada entre el papel y la cala, incapaz de decidir qué le inquietaba más: reconocer algo que nunca había visto o tener la desagradable sensación de estar contemplando una escena que, de algún modo, ya conocía.

Preguntó a un hombre que estaba cerrando una pequeña tienda:

—Perdone, ¿desde cuándo está esa escalera?

El hombre siguió la dirección de su mano.

—¿Esa? Desde siempre.

Rafael tragó saliva.

—¿Está seguro?

—Mi abuelo bajaba por ahí a pescar.

Rafael sintió un mareo que esta vez no tenía nada que ver con el barco.

Santiago le había asegurado años atrás que en aquel lugar solo había roca y Vero, mucho después, había reconocido la cala y confirmado que aquella escalera no existía entonces.

Alguien recordaba mal, o quizá todos recordaban una versión diferente de lo ocurrido. Rafael miró el mapa intentando reconocer su propia letra, la presión del lápiz, alguna corrección que hubiese olvidado. Durante unos segundos llegó a preguntarse si realmente lo había dibujado él.

El hombre de la tienda observó el papel con curiosidad.

—¿Busca algo?

Rafael tardó unos segundos en responder. Durante media vida había deseado certezas y ahora, frente a aquella escalera imposible, tenía una delante que no quería. Guardó el mapa antes de contestar.

—No lo sé.

Continuó caminando hasta que la cala quedó atrás.

El continente no era como había imaginado. Tampoco sabía si quería quedarse. Echaba de menos la isla, el silencio de la torre y hasta aquel zumbido de la lámpara que durante tantos años había terminado odiando. Quizá regresaría cuando reparasen el faro o quizá visitaría alguno de los lugares que llevaba décadas dibujando. Por primera vez, ninguna de aquellas posibilidades necesitaba convertirse inmediatamente en una decisión definitiva.

Aquella noche dejó los mapas dentro de la maleta y a la mañana siguiente salió sin ninguno.

La ciudad continuaba siendo ruidosa, indiferente y difícil de recorrer. Nadie sabía quién era Rafael, nadie se interesaba por los años que había pasado cuidando un faro y ningún lugar parecía estar esperándolo.

Mientras avanzaba entre calles que no coincidían del todo con sus recuerdos, Rafael comprendió que salir de la isla tampoco iba a resolver lo que llevaba tantos años evitando. El mundo exterior no podía salvarlo de sí mismo y la isla tampoco había tenido jamás la culpa de que él permaneciera allí.

Siguió caminando sin saber cuánto tiempo permanecería en el continente, qué haría después ni qué explicación podía tener aquella escalera dibujada muchos años antes de verla. Las preguntas seguían acompañándolo, pero por primera vez Rafael había dejado de buscar o exigirles una respuesta antes de continuar.

También puede gustarte

Elígeme

Amar también es elegir cuando aparecen las dudas, el cansancio o la tentación de marcharse. Elígeme habla de permanecer, recordar lo construido y seguir apostando por un vínculo incluso cuando hacerlo exige algo más que sentir.

Leer el poema →

Luna de Urantia en tu móvil

¿Quieres saber cuándo publique algo nuevo?

Únete a la comunidad de Luna de Urantia en WhatsApp y recibe en tu móvil las nuevas cartas, poemas, relatos, canciones y reflexiones que vaya publicando.

Un espacio tranquilo para seguir este pequeño universo creativo sin depender de redes sociales ni algoritmos.

♡ Unirme a Luna de Urantia

Texto: Luna de Urantia

Música: Lighthouse Keeper’s Log, generada con Suno para Luna de Urantia

Imágenes: creación digital para Luna de Urantia



Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *